Si has hecho click en este artículo, es probable que el título te haya resonado. Quizás porque alguna vez te has sentido solo o sola incluso estando acompañado. O quizá simplemente sea curiosidad. Sea como sea, te propongo algo antes de seguir leyendo: un pequeño ejercicio. Para hacerlo bien, te pido que actives todos tus sentidos.
Imagina que estás con un grupo de personas a las que conoces. Podría ser tu grupo de amigos de siempre o una reunión familiar. Todo parece normal desde fuera, pero de repente, aparece una sensación incómoda, difícil de explicar: te sientes solo en mitad de todo.
Es como si estuvieras viendo una película desde fuera, a cámara lenta, desenfocada, con un tono sepia. Estás ahí, pero no estás. Observas, sonríes cuando toca y respondes lo justo. Te preguntas qué te pasa, por qué no logras sentir lo mismo que los demás. Ves su energía, hasta puedes tocar su conexión…pero no sentirla.
Y entonces llega el verdadero esfuerzo: aparentar normalidad, encajar, no desentonar demasiado. Permanecer. Estar. Como si no pudieras elegir otro lugar, como si prefirieras que esa decisión la tomara el universo por ti.
Cuando llegas a casa, el vacío pesa. Aparecen las dudas: “me pasa algo”, “estoy roto”, “igual no sé relacionarme”. Empiezas a cuestionar sin descanso tu forma de ser, tu capacidad para socializar, incluso tu identidad.
Hasta aquí, el relato es duro, y te adelanto que bastante reduccionista, ya que posiblemente no estás contemplando otras explicaciones.
La diferencia que lo cambia todo
De nuevo, vuelve conmigo a este mundo imaginario (o no tan imaginario).
Seguramente, si te pido que pienses en TU PERSONA, te venga alguien a la mente. Esa persona con la que te sientes en casa, la que te ofrece lealtad, seguridad emocional, descanso.
Imagina ahora un reencuentro con ella. Tal vez os separan kilómetros y os veis por videollamada, o quizá podéis abrazaros en persona. Sea como sea, ocurre algo inmediato: aparece el subidón, la capacidad.
Sonríes de verdad, hablas sin filtros, lloras si lo necesitas. No mides tus palabras ni evalúas los gestos. Todo fluye, te reencuentras con ella…y contigo.
Y entonces lo entiendes: no, no estás roto, no eres raro, no te falta nada esencial. Simplemente este encuentro te devuelve a ti: a tus valores, a tu humor, a tu forma de estar en el mundo. “Ahora sí”, piensas.
La frustración se disuelve, las inseguridades se relajan, y no porque tu bienestar dependa de otros, sino porque la conexión adecuada tiene ese efecto regulador: nos ordena por dentro.

Ponerle nombre: soledad emocional
Si has llegado hasta aquí, te agradezco tu apertura. Ahora viene la parte importante: entender qué está pasando.
¿Conoces el término soledad emocional? Se trata de una soledad no elegida, una que puede aparecer incluso cuando estamos rodeados de gente. Y cuando no la reconocemos, suele transformarse en culpa, autoexigencia, presión y dudas sobre nuestras propias capacidades.
Ya en 1973, el sociólogo Robert Weiss fue pionero en el estudio de la soledad como experiencia subjetiva y señaló algo clave: no es lo mismo el aislamiento social que el aislamiento emocional; el primero tiene que ver con la falta de red de apoyo, y el segundo, con la falta de intimidad. Esto responde a una pregunta muy común: ¿por qué con algunas personas nos sentimos solos y con otras no?
En otras palabras, no se trata de la cantidad o la disponibilidad de las personas que tenemos alrededor, sino de la calidad del vínculo. O, como afirmó el psicoanalista Carl Jung más adelante: la soledad no es la ausencia de gente, sino la imposibilidad de comunicar lo que es importante para uno mismo. Es decir, la falta de conexión genuina.
Cuando esa conexión no es natural, tendemos a forzar, a adaptarnos, a evaluarnos constantemente, y el coste emocional de este esfuerzo suele ser alto.
No toda soledad es igual
Conviene hacer aquí una distinción importante. No hablamos de una soledad elegida, esa que Schopenhauer llamó soledad fecunda: un espacio de recogimiento, reflexión y crecimiento personal que tiene un claro objetivo: la autorrealización. Esta soledad se busca y puede nutrir mucho.
La soledad emocional, en cambio, no se elige. Aparece como una señal de alarma. El psicólogo y neurocientífico John T. Cacioppo (2008) la describe como un “dolor social”. De esta manera, la soledad emocional funcionaría de forma similar al hambre o la sed, pero a nivel social: nos avisa de que una necesidad básica no está cubierta. Si ignoramos esa señal, el cerebro puede volverse hipervigilante y empujarnos, paradójicamente, hacia un aislamiento cada vez mayor (Hawkley y Cacioppo, 2010).
Recordemos que las emociones no vienen a molestarnos, sino a informarnos, y esta no es una excepción.
Recolocar, no destruir
Sentir soledad emocional puede ser una invitación a revisar nuestros vínculos: cómo son y cómo nos gustaría que fuesen. Y no desde la rigidez de exigir relaciones perfectas, profundas y cálidas todo el tiempo – bajo mi punto de vista, eso sería vivir en una burbuja poco realista –, sino desde la honestidad.
No se trata de eliminar las relaciones más superficiales, sino de recolocarlas, de soltar la idea de que tenemos que encajar con todo el mundo, de permitirnos disfrutar de la diversidad sin exigirle a todos el mismo nivel de intimidad o compromiso.
Y al mismo tiempo, de cuidar – o buscar – esos vínculos que nos permiten la posibilidad de sentirnos más nosotros. Donde el lenguaje es compartido, los valores resuenan y el cuerpo se relaja.
Porque esas relaciones no solo acompañan: regulan, sostienen y apagan la alerta. Y entonces, la soledad emocional, deja de gritar.
En resumen, si alguna vez te has sentido solo rodeado de gente, te invito a explorar los motivos, ya que como ves, no tiene por qué ser un “fallo” personal, sino una señal. No tiene por qué hablar de tu incapacidad para vincularte, sino de tu necesidad de una conexión más real.
Quizás no necesites estar con más personas, sino con las personas adecuadas para ti, o puede que necesites permitirte ser tú, incluso cuando no encajas del todo. Y eso, lejos de ser un problema, suele ser el principio de algo mucho más auténtico.
Referencias bibliográficas
Barrio Formoso, O. (2024). Hacia una cartografía teórica de la soledad: Una revisión de los acercamientos teóricos a la soledad. Papers, 109 (1), e3207.https://doi.org/10.5565/rev/papers.3207
Cacioppo, J. T. y Patrick, W. (2008). Loneliness. Human nature and the need for social connection. New York: Norton.
Hawkley, L. C. y Cacioppo, J. T. (2010). Loneliness Matters: A Theoretical and Empirical Review of Consequences and Mechanisms. Annals of Behavioral Medicine, 40(2), 218-227. https://doi.org/10.1007/s12160-010-9210-8
Jung, C. G. (2002). Recuerdos, sueños, pensamientos. Barcelona: Seix Barral. (Obra original publicada en 1962).
Schopenhauer, A. (2006). Aforismos sobre la sabiduría de la vida. Madrid: Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1851).
Weiss, R. S. (1973). Loneliness: the experience of emotional and social isolation. Cambridge: The MIT Press.


