Entre el espejo y la pantalla

Un diagnóstico útil… pero no definitivo  

En los últimos años han aparecido muchas voces que nos dicen, con  bastante convicción, que algo no va del todo bien. Y lo cierto es que, si  miramos alrededor, cuesta no darles algo de razón: gente haciéndose diez  fotos para elegir una, conversaciones interrumpidas por notificaciones, o  relaciones cada vez más mediadas por pantallas.  

Autores como Marino Pérez Álvarez han sabido poner palabras a esta  sensación. Señalan que algunas de estas prácticas (los selfis, ciertos usos de  la tecnología, la forma de vincularnos con mascotas o incluso con máquinas)  podrían estar reflejando un cambio más profundo: buscamos relaciones más  rápidas, más controlables y, a veces, menos complicadas.  

La idea es sugerente. Y, en parte, seguramente acertada. Ahora bien,  también tiene un pequeño problema: cuando una explicación funciona bien,  tendemos a usarla para todo. Y ahí es donde conviene levantar un poco el  pie. Porque la vida psicológica no es tan ordenada como para encajar en un  único diagnóstico.  

No todo selfie es narcisismo. No toda tecnología es aislamiento. No toda  mascota sustituye a una persona. A veces, simplemente… son cosas distintas  cumpliendo funciones distintas.  

En Elemental planteo algo parecido: que los cambios culturales no se  entienden bien desde posiciones extremas, sino observando cómo las  personas los incorporan en su vida diaria. Y eso incluye algo bastante  humano: hacer cosas contradictorias sin que eso signifique necesariamente  que estemos perdidos.  

Por eso, más que decidir rápidamente que vamos a peor (o que todo está  perfectamente bien), quizá tenga más sentido adoptar una posición un poco  más incómoda, pero también más realista: reconocer que hay cambios  importantes… sin dar por hecho que ya sabemos exactamente lo que  significan.  

El problema no es el selfie… es el guion  

El selfie no es, en sí mismo, el problema. Ni tampoco lo es subir una foto,  cuidar la imagen o incluso buscar cierta aprobación. Eso ha existido siempre,  solo que ahora con mejor iluminación y filtros bastante más indulgentes.  La cuestión interesante no está en la conducta, sino en el relato que  construimos a partir de ella. ¿Qué historia me cuento cuando me expongo?  ¿Quién soy cuando nadie está mirando? ¿Hasta qué punto mi identidad  depende de ser visto?  

Un ejemplo sencillo: alguien sube una foto en la playa.  

Posibilidad 1: “Me gusta este momento, lo comparto”.  

Posibilidad 2: “Necesito que esto confirme que mi vida va bien”.  La conducta es la misma. El guion interno no. Y ahí es donde empieza lo  realmente interesante. Porque el impacto psicológico no viene tanto de lo  que hacemos, sino del significado que le damos. No es lo mismo expresarse  que sostenerse. No es lo mismo compartir que necesitar ser confirmado.  Poco a poco (y sin que nadie lo decida de forma consciente) puede aparecer  un desplazamiento sutil: dejamos de usar la imagen para mostrar quiénes  somos y empezamos a usarla para construir una versión de nosotros mismos  que necesita ser validada. Y eso introduce un cambio importante, aunque  por fuera todo parezca igual.  

No se trata de dramatizar. No es que cada selfie nos acerque un poco más  al abismo existencial. Pero sí es cierto que, cuando la identidad empieza a  apoyarse demasiado en la mirada externa, puede volverse más frágil, más  dependiente y, en algunos casos, más pendiente de cómo se ve que de  cómo se vive. Un yo que funciona bien… siempre que haya público.  

La identidad no es algo que simplemente “tenemos”, sino algo que  continuamente nos contamos y reconstruimos. Y hoy ese relato se  construye, en gran medida, en contextos de exposición constante, donde  siempre hay alguien mirando… o donde sentimos que debería haberlo.  

Por eso, más que preguntarnos si el selfie es bueno o malo, quizá la  pregunta útil sea otra:  

¿esto que muestro nace de lo que soy… o de lo que necesito parecer?  

Lo que medimos… y lo que dejamos fuera  

Gran parte de la investigación sobre el impacto de las pantallas se centra en  variables como la ansiedad, la depresión o las dificultades de atención. Y eso  está bien. Es medible, es claro y encaja perfectamente en los modelos  clásicos de salud mental. A los psicólogos nos tranquiliza bastante poder  ponerle números a las cosas.  

Pero hay algo importante que se nos queda fuera del encuadre. Estamos  midiendo cómo se siente la gente, pero no qué historias se cuentan sobre  sus vidas. Y eso no es un detalle menor. Porque la identidad no funciona  como un termómetro que sube o baja, sino como un relato que se va construyendo. No solo importa si estoy ansioso, sino qué significa eso para  mí, cómo lo interpreto y qué dice de quién soy.  

Por eso, quizá la pregunta no debería quedarse solo en: ¿Las pantallas  aumentan la ansiedad? Sino ampliarse un poco: ¿Están moldeando un tipo  de identidad demasiado centrada en cómo me ven los demás? ¿Estamos  pasando de vivir experiencias a gestionarlas como contenido?  

Porque hay una diferencia sutil entre recordar un momento… y pensar en  cómo quedará ese momento cuando lo cuente.  

Dicho de forma más directa: no solo importa si estamos más nerviosos, sino  si estamos empezando a vivir como si siempre hubiera una cámara  encendida. Como si nuestra vida fuera, poco a poco, un tráiler bien editado  de nosotros mismos. Con sus mejores escenas, sus silencios estratégicos… y,  por supuesto, sin tomas falsas.  

El problema es que ese formato funciona muy bien hacia fuera, pero a veces  deja poco espacio hacia dentro.  

Muchos de los malestares actuales no se entienden del todo si solo los  medimos en términos de síntomas. Hace falta mirar también los marcos de  significado en los que las personas construyen su identidad. Porque no es lo  mismo sentirse mal dentro de una historia que tiene sentido… que dentro de  una que depende constantemente de cómo va a ser vista.  

Entre la autonomía y la evitación  

Algo parecido ocurre con otros fenómenos contemporáneos. Los dispositivos  de placer como los satisfyers por ejemplo, pueden leerse como signo de  aislamiento… o como expresión de autonomía. Las mascotas pueden ser un  refugio emocional… o una forma de vínculo genuino que no sustituye, sino  que acompaña.  

Y aquí viene lo interesante: muchas veces intentamos decidir rápidamente  qué es cada cosa, como si hubiera que elegir bando. Pero la realidad suele  ser bastante menos ordenada.  

La clave, de nuevo, no está en el objeto, sino en el uso. Y, sobre todo, en la  función que cumple.  

Un satisfyer puede ser: una forma de evitar la intimidad… o una forma de  conocerse mejor. Una mascota puede ser: una relación sustitutiva o una  relación que regula emocionalmente y facilita otras relaciones  Y un robot, llegado el caso, podrá ser muchas cosas… aunque confiemos en  que no desarrolle la inquietante habilidad de decirnos “Tenemos que  hablar…” en el peor momento posible.  

El problema aparece cuando intentamos simplificar todo esto en una única  lectura. Porque entonces dejamos de entender lo que está pasando y  empezamos, más bien, a juzgarlo. Y eso, en psicología, suele ser una mala  estrategia.  

Lo que vemos hoy no son conductas “buenas” o “malas” en sí mismas, sino  formas distintas (a veces torpes, a veces bastante ingeniosas) de responder a  necesidades reales: conexión, regulación emocional, placer, compañía. Que  lo hagan de manera más o menos ajustada ya es otra cuestión.  

En Elemental planteo precisamente esto: que muchas conductas  contemporáneas cumplen funciones psicológicas legítimas, aunque no  siempre de la mejor manera posible. Y que entender esa función suele ser  mucho más útil que decidir rápidamente si estamos ante un problema… o  ante una solución.  

Ni catastrofismo ni ingenuidad  

Uno de los riesgos de algunas posiciones críticas es que, en su intento por  alertar, acaban dibujando un panorama demasiado uniforme y, bajo mi  punto de vista, excesivamente apocalíptico. Como si estuviéramos todos  avanzando, bastante organizados además, hacia una versión más superficial,  más aislada y ligeramente más artificial de nosotros mismos.  

La imagen es potente… pero la realidad suele ser bastante menos  planificada. Y también bastante más interesante.  

Porque las personas no usamos la tecnología de forma pasiva. No somos  usuarios obedientes siguiendo instrucciones invisibles. Más bien al contrario:  reinterpretamos, adaptamos, mezclamos y, en muchos casos, usamos las  cosas de formas que nadie había previsto. Si algo nos caracteriza, no es  precisamente la coherencia perfecta.  

Por eso, más que hablar de una única deriva clara, quizá tenga más sentido  hablar de tensiones. De equilibrios inestables que vamos gestionando como  podemos: Entre exposición y autenticidad. Entre conexión y dependencia. Y  entre autonomía y evitación.  

Y lo interesante es que no solemos instalarnos en un extremo u otro, sino  que vamos moviéndonos entre ellos según el momento, el contexto o,  simplemente, el día que tengamos.  

El ser humano no se define por elegir correctamente entre dos polos, sino  por cómo se maneja dentro de esas tensiones. A veces con bastante  acierto… y otras veces, digámoslo así, con margen de mejora.  Por eso, quizá el error no esté en señalar los riesgos (que los hay), sino en  dar por hecho que todos estamos atrapados en el mismo proceso,  avanzando en la misma dirección y al mismo ritmo. La realidad, como casi  siempre, es bastante más caótica. Y, por suerte, también más flexible.  

Mirar mejor  

Después de todo lo anterior, quizá convenga bajar un poco el volumen del  debate. No vivimos en una distopía, aunque a veces lo parezca cuando  alguien se hace 47 fotos para elegir una. Tampoco estamos en una edad de oro de la autenticidad perdida, como si antes todos viviéramos en una  especie de pureza emocional sin filtros ni postureo.  

Estamos, simplemente, en un momento de transición. Uno de esos periodos  en los que cambian las formas de relacionarnos, de construir identidad y de  experimentar el mundo. Y como suele ocurrir en cualquier transición, hay un  poco de todo: algo de exceso, bastante confusión… y también mucho  aprendizaje en marcha.  

Tal vez no baste con señalar conductas y etiquetarlas, sino que hay que  entender qué función cumplen, qué relatos sostienen y qué tipo de yo van  construyendo. Que el problema no está tanto en lo que hacemos, sino en  cómo lo integramos.  

Por eso, quizá la clave no esté en rechazar estos cambios ni en abrazarlos  sin más entusiasmo. Ni en alarmarnos constantemente ni en mirar hacia otro  lado. Sino en desarrollar algo bastante menos llamativo, pero mucho más  útil: criterio psicológico.  

Ese que permite distinguir cuándo una conducta nos está ayudando… y  cuándo empieza a pasarnos factura. Ese que no depende tanto de lo que  hacemos, sino de para qué lo hacemos.  

Porque al final, entre el espejo y la pantalla, seguimos estando nosotros.  Con nuestras contradicciones, nuestras necesidades y nuestra extraña  habilidad para complicar lo sencillo.  

Y ese criterio (que no se mide en likes ni mejora con filtros) es,  probablemente, lo que más falta nos hace. 

Comparte este post en:
logotipo del Centro Elemental, especialistas en terapia psicológica
Call Now Button